
Leonor Bravo creció escuchando historias. Su madre le contaba cuentos de hadas y le hablaba de los pintores del Renacimiento; su abuela chonera, Las mil y una noches; su abuela de Tulcán, cuentos de miedo; y su padre, en los almuerzos, la mitología griega y escandinava, la Divina Comedia y el Quijote.
Escritora y autora de obras como “¿Y ahora qué hiciste, Valentina?”, “El viaje por el País del Sol” y “La biblioteca secreta de la Escondida”, ha dedicado además años a dirigir talleres con niños, en los últimos tiempos con niños de escuelas fiscales. Sostiene que un libro, por sí solo, no vuelve lector a nadie: hace falta alguien que lo acerque con afecto. En esta conversación habla de la lectura del mundo, del poder de la literatura y de la brecha de acceso a los libros.
17 de septiembre de 2026
Por María Paz Mejía para Manthra Comunicación
¿Hubo un libro que le cambió en algo cuando lo leyó?
Hubo un cuento que me golpeó y que definitivamente me abrió un camino en la vida: La fosforerita, de Andersen. Yo me preguntaba por qué mi mamá nos contaría cuentos tan tristes, de una niña que se muere el día de Navidad. Nosotros siempre llorábamos.
Esa historia me permitió conocer que había gente en diferente situación social. A esa edad, tendría cinco o seis años, hice un compromiso sencillo, porque era una niña chiquita: hacer algo por la gente que tenía menos. Nosotros no teníamos mucho, pero teníamos casa, mamá, papá, un montón de hermanos; teníamos un modo de vida diferente al de la fosforerita.
En su casa, muchas historias llegaban contadas antes que leídas. ¿Qué pasa en los hogares donde no hay libros?
Está la propia historia de los papás. Creo que una de las cosas que más te hacen lector es la conversación, que te cuenten cosas. Sobre todo ahora, cuando la vida de los papás, para los niños, ya es ciencia ficción. Antes dibujábamos la rayuela en la calle y, si un niño iba a hacer un gol, los carros paraban. Cuando le cuento a Manuelita, mi nieta, que mi abuelita chonera filtraba el agua del río en una piedra pómez sobre una olla de barro, y que cuando íbamos todos teníamos derecho a una sola taza, eso ya es un cuento del siglo III.
A los niños les encanta que les cuenten cosas de cuando los adultos eran niños. Así van aprendiendo a manejar la lengua, que es fundamental para luego ser lector, y les dan muchos deseos de saber más de otras personas. ¿Y qué es lo que hace la literatura? Nos cuenta cosas sobre otras personas.
Mis papás no pensaban que nos estaban haciendo lectores ni artistas, aunque en mi casa, de siete hermanos, somos cinco artistas. Nos estaban regalando algo que para ellos era importante. Mi mamá nos levantaba con Mozart y con Tchaikovski, y tengo tres hermanos músicos. No digo que eso ocurra siempre, pero cualquier cosa que los papás compartan con el niño va a ser fundamental para ser lector. No es difícil volver lector a un niño: solo tienes que leerle, conversar con él, abrir su curiosidad. Lo que pasa es que los adultos no nos damos ese tiempo.
Antes incluso de la palabra hay otra lectura. Paulo Freire decía que la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra. ¿Qué significa eso hoy?
Lo primero que hace un niño es leer a su madre: su fisionomía, su olor, su perfume; la voz del padre, que es diferente a la de la madre. Esa es la lectura del mundo: cómo vas aprendiendo a sensibilizarte frente a lo que el mundo te presenta. Así que, sí o sí, uno aprende a leer el mundo antes que la palabra.
Leer el mundo es estar atento a tu medio ambiente, a que tienes un compañerito que ya lleva dos o tres días triste. Los niños lo hacen: saben cuándo la profesora va con el mismo pantalón al día siguiente. Es ver a una señora sentada en la calle pidiendo caridad y que eso te llame la atención. Hay gente que está como ciega, porque recibe tanto alimento de imágenes prefabricadas que ya hay cosas que no ve; simplemente no las quiere ver.
¿Y qué pasa cuando, finalmente, un niño se encuentra con un libro?
Un libro, por sí solo, no le hace nada a un niño. Lo que hace es la relación que el papá, la mamá, la abuelita, la profesora, quien sea, le permite tener con ese libro. Los libros álbum son maravillosos, pero digamos que apenas el 1 % de nuestros niños tendrá a su alcance ese tipo de libros.
Hay libros extraordinarios que fascinan a cualquier ser humano. Pero si no llegan a través de un mediador, sea el padre, la madre, la abuelita, un hermano mayor o una tía, tampoco vuelven lector a nadie. Lo que el niño necesita es alguien que lo acerque a la literatura, alguien que lo acerque a los libros.
Habla del mediador como clave. ¿Quién puede serlo?
Mediador es el papá, la mamá, la abuelita, el tío, el hermano más grande, la prima, quien sea. No hay que ser graduado de nada: nuestras mamás y nuestras abuelas fueron mediadoras, y extraordinarias. Pero si a nosotros no nos gusta leer, no podemos dárselo a otro. Yo siempre les digo a mis compañeras profesoras: si yo no tengo gripe, no les puedo contagiar la gripe.
Me acuerdo de mi sobrino Santiago cuando comenzó la locura por Harry Potter. Estaban todos los libros formando una torre en Librimundi y me dijo: “Tía, yo quiero que me garantices que cuando sea grande voy a tener esos libros”. ¿Por qué? Porque nos veía a mí, a mis hermanas, a sus primas, clavadas leyendo. El factor viral es el amor que le tengas a la lectura. A mi nieta, por ejemplo, la llamaba por teléfono para leerle poesía. La mejor forma de construir la lectura es a través de la afectividad y del respeto por los niños: buscar un libro para compartir con ellos, un libro que a ti te guste.
¿Y qué lugar tiene la poesía en esa mediación?
A mí me da pena que a los niños no les lean poesía. Durante muchos años tuve talleres a los que iban los mismos niños. Yo les leía poesía y me decían: “Leonor, pero no entendemos”. Y yo les respondía: “No importa, ustedes solamente escúchenme”. Poco a poco empezaron a incorporar formas poéticas en sus textos.
La poesía te va dejando cosas, sobre todo su sonido. Una vez, Manuelita, que tendría siete u ocho años, se le acercó a una chica que me ayudaba en los talleres y le dijo: “Quiero que me leas esto porque quiero escuchar tu voz de lectura”. Siendo tan pequeña, ya se había dado cuenta de que hay una voz para decir “tómate este jugo” y otra para leer un poema de Lorca. Cuando el tono de la voz cambia, los niños saben que van a entrar a un lugar especial: el espacio se transforma.
En sus talleres, ¿cómo se nota si un niño es lector?
Últimamente he trabajado con niños de escuelas fiscales, niños que no leen y que tienen mucha dificultad para entender los textos. Para alguien con experiencia es fácil darse cuenta de qué niño lee y cuál no, solo mirándole los ojos. El niño que no lee, al minuto, está perdido, mirando al aire. El que tiene alguna cercanía con la lectura tiene una mirada de atención, en la que los ojitos brillan más o menos de acuerdo con lo que le estás leyendo.
Pero eso se puede cambiar. Trabajé con niños venezolanos y tuve uno que tenía algún problema de aprendizaje; era el típico que se sentaba al último y molestaba. Después se volvió el líder del taller. No vivía con su mamá sino con su abuelita, que hacía esfuerzos enormes por llevarlo. Ese niño encontró algo en la lectura. Decidió hacer unos sobres para que todos guardaran ahí sus cuentos: los hacía, los decoraba y se los entregaba a cada uno. Creo que lo fundamental en la lectura es el adulto: se necesita paciencia del mediador, y no solo paciencia, sino gusto por la lectura.
Esa brecha también tiene que ver con el acceso. Se habla mucho del libro álbum, pero ¿qué pasa con los niños que no lo tienen?
En los seminarios internacionales sobre cómo lograr que los niños lean, siempre se habla del libro álbum. Entonces yo alzo la mano y pregunto: “¿Y qué vamos a hacer con los niños que no tienen libros álbum?”. El año pasado, en Girándula, atendimos a 1.700 niños de colegios fiscales. Es bastantísimo, pero frente al montón de niños ecuatorianos no es nada.
El libro infantil se está volviendo un objeto de arte maravilloso, de colección, y eso hay que reconocerlo. Pero con eso no estamos aportando necesariamente a que los niños se vuelvan lectores, porque el 90 % de los niños del mundo no tiene esos libros. Tenemos que pensar en la lectura como algo que se construye desde el afecto.
Además del acceso, está la representación. ¿Qué pasa cuando un niño se reconoce en una ilustración?
Ayuda muchísimo en la comprensión lectora y en el afecto que los niños llegan a tener por la lectura. El año pasado, en la FILBO, escuché a una escritora colombiana preguntar por qué había que hacer libros que se desarrollen en el Chocó: “Nosotros leíamos textos españoles y no nos pasó nada”. Eso es negar la importancia de que los niños del Chocó tengan libros sobre su realidad.
Como seres humanos vamos avanzando en reconocer cada vez más humanidad en ese otro que no se parece a mí. ¿Qué pasa con Israel, que mata sin el menor asco a los palestinos? Que no siente que son seres humanos iguales a ellos. En la Conquista, a los españoles los indígenas no les parecieron seres humanos. Y las mujeres antes no éramos consideradas seres humanos. Por eso es superimportante que los niños tengan libros que tengan que ver con su familia, sus leyendas, sus ríos, sus montañas, con la imagen de ellos mismos.
Como autora, ¿cómo se consigue que un cuento hable de derechos o de carencias y siga siendo hermoso?
Uno de los primeros libros que publiqué es Y ahora, ¿qué hiciste, Valentina? Cuando lo escribí, lo único que hice fue reírme: esta Valentina era tan tremenda que yo me mataba de la risa. No tenía idea de que tenía subtextos, lecturas en silencio.
Una vez, una niña de nueve años se me acercó y me dijo: “A mí me gusta este libro porque este libro sí es sobre los derechos de los niños”. Me quedé helada. Tuve que pensar mucho después, y entonces lo vi: la niña desayuna sola, el papá no le hace caso porque está leyendo el periódico, la abuelita le miente. Pero si yo hubiera escrito a partir de ese pensamiento, no me habría quedado bien. Estaba contando cosas mías, pero no de manera moralista.
La literatura habla sobre la vida, y cuando escribes un personaje bien construido, ese personaje está vivo. Una vez fui a Tulcán y una niñita me preguntó: “Leonor, ¿a qué horas llega la Valentina?”. Para ellos, Valentina era una niña viva que yo tenía que traer de la mano. Porque la literatura es eso: algo que te permite dialogar con los personajes.
Escribir para niños obliga a hacerse entender. ¿Qué podrían aprender de eso quienes escriben una ley?
Voy a decir algo que no sé si es cierto, pero es lo que pienso: todo lo legal ha sido escrito de manera difícil para que el pueblo no lo entienda. Durante un tiempo trabajé facilitando leyes para mujeres de sectores populares, y entiendo perfectamente por qué las escriben en difícil: porque ahí está el poder. El poder está en que yo maneje un texto que tú no puedes manejar.
Pero creo que todos aprendemos a escribir. Hay cierta vanidad de los escritores en decir que no se puede aprender, que se nace escritor. Nadie nace escritor ni lector. Nadie. Nacemos con distintas sensibilidades, pero tenemos que aprender. Los docentes y quienes escriben libros didácticos, por ejemplo, aprenden a hacer preguntas verdaderamente sencillas, que con una sola lectura uno las comprenda. Y eso es superdifícil.
¿Qué es exactamente lo que se transforma cuando decimos que leer transforma?
La literatura te enseña a mirar el mundo de otra forma, a conocerte más a ti mismo y a los otros. Hay niños pequeñitos que, cuando les nace un hermano, podrían sentir que no lo quieren o que quisieran que desapareciera porque ha venido a quitarles su sitio, y que a la vez se sienta pésimo por no quererlo. Pero, cuando le lees un cuento sobre eso, se da cuenta: “Ah, no soy el único”. Y si el niño del cuento solucionó el problema, él también va a poder. El libro le entrega poder al niño.
Pasa lo mismo con Caperucita Roja. Todos los niños tienen miedos: cuando la mamá sale del cuarto y prende la licuadora, el niño ya piensa que le pasó algo terrible. Entonces, cuando Caperucita sale de la barriga del lobo, entiende que él también va a poder solucionar su problema. Pero para lograr eso tienes que ser lo suficientemente sensible para darte cuenta de qué está ocurriendo con ese niño.
Si tuviera enfrente a alguien que no lee y la oportunidad de decirle dos frases para convencerlo, ¿qué le diría?
Cuando hice un club de lectura con las señoras del mercado de La Floresta, les dije: “Este libro habla sobre el Ecuador, es superdivertido, pasan algunas cosas superchistosas”. Uno tiene que hablarle al otro partiendo de sus intereses, no de los propios. Hay que ir buscando cuál es el interés de esa persona para ofrecerle una lectura que le haga sentido.